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Ardor Guerrero

Ardor guerrero

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Ardor guerrero por Iñigo Lapetra

Tiempo atrás, no mucho, los hombres, al cumplir 18 años, tenían que ingresar en el ejercito obligatoriamente para completar el “servicio militar”, comúnmente conocido como la mili. Si no lo hacías, eras declarado insumiso y aunque ahora suene chocante, hay gente de 45 años o más que ha estado en la cárcel por rebelarse contra ese destino. Hacer la mili significaba que, una vez entrabas en el ejercito, eras sometido a la disciplina militar y así perdías algunos de los derechos y parte de la libertad que tenemos los ciudadanos en España por el mero hecho de nacer. Es cierto que estas restricciones siguen afectando a todos los militares pero hoy en día es un opción voluntaria, es decir, el que ingresa en el ejercito lo hace por elección propia y dicha condición lleva aparejada tal condición.

De esta manera se te aplicaba un código penal diferente al del resto de los mortales y que era mucho más restrictivo. Así, cuando un mando superior nos daba una orden había que cumplirla sí os sí, daba igual que no te gustara, te pareciese mal o no te apeteciera. Y si no lo hacías podían arrestarte (lo que significaba que no podías salir del recinto durante el tiempo estipulado) e incluso, en casos extremos, llevarte a una cárcel.

Que conste que este no es un alegato contra la mili, nada más lejos de mi intención. Yo tuve que hacerla en el año 1995 y en mi caso particular fue una experiencia tremendamente positiva. Y esto fue así no por los conceptos militares que aprendí, de los que tampoco me avergüenzo, sino por las personas que conocí allí en situaciones límite. Personas con quienes entablé una amistad auténtica que todavía perdura.

La mili para mi fue una experiencia que llevo grabada en el corazón. Y esto fue así por los buenos amigos que hice allí y porque gran parte de mi trabajo como militar consistió en ser profesor de graduado escolar y ayudar a más de 400 personas a sacarse este título académico. Gracias a la mili he enseñado a gente a leer y a escribir, a sumar, dividir y multiplicar, y a chapurrear en inglés. Todavía recuerdo con el corazón encogido la alegría de un amigo y alumno el día que fue capaz de escribir la primera carta de su vida y lo hizo a su madre que, por cierto, tuvo que dársela al cura del pueblo para que se la leyera porque ella tampoco había tenido oportunidad de aprender. Y estamos hablando del año 1995, no hace tanto tiempo de aquello.

Es curiosa la memoria tan corta que tiene la sociedad porque no ha pasado mucho tiempo desde aquellos días, sin embrago ha bastado una década desde su desaparición allá en el primer Gobierno de José María Aznar, para que nadie conciba ni por asomo la posibilidad de tener que regalarle al Estado unos meses de tu vida a cambio de 9 euros al mes que es lo que yo cobraba por defender la patria. En mi caso fui destinado como conductor de carros acorazados (tanques en lenguaje popular) al Goloso un cuartel situado en Madrid que todavía se erige en la carretera de Colmenar Viejo. Aunque como he contado anteriormente, gracias a los juegos del destino además de sacarme el carnet para conducir Transportes Oruga Acorazados (TOA) pasé los 6 meses posteriores a mi instrucción trabajando como profesor con alumnos de todo tipo: desde disciplinados y felices con la oportunidad que se les brindaba, incrédulos de sus posibilidades, pasotas hasta la extenuación, y los más conflictivos, los adictos a las drogas y en continua insumisión. Aprendí con todos ellos y como poca gente me gana en perseverancia muchos de los pasotas y rebeldes acabaron consiguiendo el título. De hecho tan solo 4 personas de los más de 90 alumnos que tuve, no lo consiguieron. Aunque esta ya es otra historia que contar.

Pues efectivamente, yo fui uno de los pocos “tontos” de mi generación que acabó cumpliendo con el trámite y formé filas al son de la corneta. Y que conste que cito la palabra tonto no porque sienta que aquel tiempo haya pasado en balde en mi vida, sino porque son muchas las personas de mi generación que te miran con cierta sorna cuando se enteran de que dedicaste 9 meses de tu vida a la guerra. Gente que, a base de enlazar una prorroga de estudios con otra, acabó librándose de semejante marrón cuando Aznar se cargó la mili para respiro y satisfacción de todos los jóvenes de entonces.

La verdad es que cuando veo en ocasiones a muchos de los chicos jóvenes – y no tan jóvenes – perder oportunidades para priorizar su comodidad, trabajar sin ganas ni pasión, sin sangre en las venas, dedicando lo mínimo de sus posibilidades, mientras España sufre una de las peores crisis económicas de la historia, no puedo evitar en pensar que si hubiesen pasado por un cuartel muy probablemente serían más conscientes de las oportunidades que la vida les brinda y la suerte que tienen de poder elegir y ser libres.

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