Un viaje en el tiempo

Hace unos días tuve una cena de trabajo “agendada” muy temprano y, por tanto, sin opción de pasar por casa. Acudí pronto a la cita así que aproveché para dar un paseo por Madrid y matar ese tiempo sobrante. Caminé por el barrio de Chamberí sin poder evitar empezar a darle vueltas a esos “temas pendientes” que uno siempre tiene rondando en la cabeza. Preocupaciones tan a menudo estúpidas cuando tenemos en cuenta los problemas de verdad que llegamos a encontrar en nuestro devenir por la vida.

El caso es que vagaba yo plenamente sumido en esos pensamientos tan poco apropiados para una tarde noche de martes en un precioso día de primavera. Y fue entonces cuando, esperando en un semáforo, emprendí un viaje involuntario. Una ráfaga fugaz de aire me envolvió en un perfume de mujer cuyo rostro ni siquiera vi. Un olor dulce que se metió en mi cerebro y me trasladó, en décimas de segundo, a una etapa lejana de mi vida donde era un alumno del Colegio del Pilar en plena ebullición hormonal.

Viajé a una época donde no había más preocupación que aprobar los exámenes y decidir dónde íbamos a salir el fin de semana. Eran días donde los adolescentes podíamos estar horas besando a tu novia sin hacer absolutamente nada más que eso, besarla. Supongo que a los jóvenes de ahora les entraría la risa floja al saberlo. Era un tiempo en el que el corazón se rompía y se recomponía rápido y en tantas ocasiones como nos brindara la vida, hasta que, de pronto, aparecía en el horizonte lo que uno creía reconocer como “la mujer de tu vida” y te tocaban el alma.

La chica que llevaba aquel perfume — creo recordar que Anais Anais de Cacharel, aunque no estoy seguro —  partió, muchos años atrás, mi corazón de “teeneger”. Aquello fue hace millones de años y está perfectamente olvidado en una memoria repleta de miles de momentos posteriores de todo tipo, románticos, divertidos, hilarantes, alegres y emotivos, neutros, tristes e, incluso, demoledores.

Es curioso como la magia de nuestro sentido del olfato puede trasladarte en un instante a lugares lejanos en tiempo y geografía. Aquel perfume entró en mi cerebro y no solo me llevo de viaje al pasado, también me devolvió un recuerdo bastante nítido del dolor que llegué a sentir entonces en mi corazón “rebelde y adolescente”. Como cuando rozas una cicatriz antigua con la pluma de un ave, una sensación que devuelve al cerebro el sentimiento del frio cristal que hace muchos años, rompió la piel e hizo la herida. Es un recuerdo breve, casi instantáneo, e incluso agradable porque también te recuerda que llevas ya unos cuantos años recorriendo ese camino que es tu propia vida.

Estoy ahora pensado que ni por aquel entonces, ni tampoco ahora, utilizo perfume de hombre. Me temo mucho que en mi caso, no hay olor en este mundo que pueda hacer viajar en el tiempo a aquella chica guapa, castaña, pizpireta y perfumada con Anais Anais, a los tiempos donde yo viaje aquella tarde noche de martes.

Así es la vida. Una cosa más que contar a los hijos, cuando crezcan.

Buenas noches.

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